Para reflexionar y debatir en las jornadas anarco feministas del 22/01/17

textoEl pasado 8 de Octubre, a raíz de unos conciertos por la okupacion que celebrabamos en nuestro espacio, nos vimos envueltos en un conflicto en relacion a críticas desde un ámbito “feminista”. Sabiendo que continuar con dichos conciertos pudo ser visto como “continuar con la vía fácil”, decidimos adjuntar un texto en el que aclarabamos que éramos conscientes de dicho conflicto -habiendo trabajado internamente el tema del feminismo en particular con anterioridad- pero que teníamos discrepancias, quizás aún sin conclusión, que veíamos necesario abordar junt@s, mediante debates que profundizaran en ciertos aspectos que algun@s consideramos contraproducentes para el “movimiento” (si es que existe) en general. Vamos a tratar de abordar ciertos de esos temas en unas jornadas anarcofeministas que se harán el 22 de Enero, y en relación a esas jornadas ponemos un texto, ya publicado en la revista Ekintza Zuzena, que sirva como reflexión para las mismas. Iremos detallando más sobre las jornadas próximamente.

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“Abajo todos los dogmas religiosos y filosóficos —no son más que
mentiras—; la verdad no es una teoría, sino un hecho; la vida misma es
la comunidad de hombres libres e independientes, es la santa unidad del
amor que brota de las profundidades misteriosas e infinitas de la
libertad individual. “
CARTA A PABLO. Mijail Bakunin. París, 29
de marzo de 1845

Este artículo es un ejercicio de síntesis. Un intento de aunar algunos
argumentos que he ido defendiendo en diversos foros —incluidos algunos
números anteriores de esta revista— a lo largo de los últimos años.
Argumentos que considero necesario volver a poner sobre la mesa ante el
empuje que una corriente feminista concreta, a la que podemos denominar
“antisexo”, parece estar ganando en los espacios autodenominados
libertarios.


Por feminismo antisexo no me refiero, o no solo, a aquellas aportaciones
feministas, herederas de las llamadas feministas culturales de los 80,
que rechazan la erótica masculina al definirla como un terreno de
dominación. Sino a toda una retórica que parte del feminismo más
beligerante y que se asienta en la interpretación de la diferencia entre
los sexos en términos de desigualdad y el consecuente rechazo de todo
aquello que se considera masculino. Un feminismo cuyo fin último parece
ser la negación de la realidad sexuada.
Considero que es un discurso peligroso y que, como trataré de argumentar
en las siguientes páginas, no puede aportarnos nada bueno en el avance
hacia la libertad. Es más, fulmina el potencial liberador de las ideas
de las que partió y ensalza la idea de la mujer como paradigma de la
víctima: necesitada de protección, De los sexos y sus diferencias.
Apuntes para la reflexión desconocedora de los peligros que le acechan, frágil e indefensa frente
al macho…
Básicamente, y sin apenas variaciones desde los años 90, este discurso
gira en torno a cuatro premisas que rara vez son cuestionadas:
•    La separación  entre lo biológico y lo cultural a partir de la que se
desarrolla el sistema sexo/género, que nos ha llevado a perdernos en
debates poco fructíferos sobre la igualdad y la diferencia.
•    La apelación constante a la realidad totalizadora del Patriarcado,
como si realmente las mujeres constituyéramos una clase social y
olvidando que la cercanía ideológica y política entre una mujer y un
hombre de la misma clase o etnia es mucho mayor que la de dos mujeres de
diferente situación socioeconómica o cultural.
•    La imposición de la igualdad en la esfera de lo íntimo y lo privado,
como si todas las diferencias fueran realmente fruto de una
socialización desigual y opresiva para las mujeres y siendo precisamente
en este ámbito donde las diferencias se hacen más obvias.
•    Y el salto de la igualdad a la victimización, que no hace si no apelar
a las diferencias  entre los sexos como fuente de desigualdad.
Pero, si nos detenemos en su análisis, vemos como este discurso se
asienta sobre una serie de contradicciones y trampas epistemológicas que
lo hacen insostenible cuando se va más allá de los eslóganes y lo
políticamente correcto y nos asomamos a la realidad de los sexos, a los
detalles más cotidianos, las cosas más íntimas, en las que la diferencia
sexual se nos manifiesta de manera impetuosa.
En concreto, cabe señalar tres de esas trampas epistemológicas cuyo
desenmascaramiento ha ido dando lugar a nuevos planteamientos dentro del
propio feminismo que rompen con el discurso de género como marco
interpretativo de la relación entre los sexos:
•    La concepción rousseauniana de la existencia humana según la cual
somos buenos por naturaleza y es la sociedad la que nos corrompe, por lo
que bastaría con eliminar la desigualdad social para evitar cualquier
malestar y jerarquía entre los sexos.
•    La visión constructivista a partir de la que se considera que la
naturaleza y la cultura (sexo/género) son dos realidades distintas,
obviando que ambas están en constante interacción, siendo la naturaleza
humana cultural y nuestro cuerpo natural el que media en nuestras
experiencias vividas.
•    La reformulación, por oposición a las teorías deterministas, de nuevos
modelos de masculinidad y feminidad que, pese a su origen liberador,
constriñen la identidad de unos y otras en un nuevo canon.
Nos encontramos ante un discurso político que como tal nos permite
explicar muchas cosas relativas al poder y cómo este se organiza en las
sociedades patriarcales, así como promover estrategias desde las que
modificar tal situación política.  Pero pretender explicar la realidad
de los sexos y sus relaciones íntimas desde una teoría del poder supone
un riesgo y una parcialidad.
Y sobre riesgos y parcialidades es sobre lo que trata este artículo,
partiendo de la convicción de que el fin último de la lucha feminista no
es la negación de lo sexual sino lograr una convivencia armónica entre
los sexos,  ya que las mujeres no podremos ser mujeres mientras no
dejemos a los hombres ser hombres.
1.    Un poco de historia y algunos conceptos olvidados
El ritmo acelerado del pulso de las sociedades occidentales nos lleva
con frecuencia  a correr hacia el futuro olvidando  echar de vez en
cuando un vistazo hacia el pasado, incluso hacia el más reciente. En la
era de la información, la desinformación  está a la orden del día; todos
nos permitimos hablar, incluso teorizar, sobre cualquier cosa, nos
formamos opiniones a partir de las opiniones de otros e, ignorando
nuestra propia ignorancia, nos olvidamos de recurrir a las fuentes, de
detenernos a mirar qué y por qué ha pasado. No siempre lo urgente es lo
importante, pero a menudo nos dejamos arrastrar por la urgencia, lo
inmediato y lo práctico. Así, los errores y aciertos del pasado caen en
saco roto y se repiten como si de novedades se trataran. Puede que los
individuos occidentales, como defienden muchos, hayamos alcanzado un
nivel de desarrollo inaudito hasta el momento, pero tampoco nuestra
falta de memoria histórica fue nunca tan grande.
Parece necesario, por lo tanto, detenerse y echar la vista a atrás, para
entender cómo hemos llegado a donde estamos. Esto es, andar el camino
que recorrió el feminismo durante el pasado siglo XX, aunque por una
senda diferente a la que suele escogerse al hacerlo: la vía poco
transitada que abrieron durante la Ilustración quienes abordaron la
Cuestión Sexual, o sea, de los sexos.
“No somos ni fuimos feministas, luchadoras contra los hombres. No
queríamos sustituir la jerarquía masculina por una jerarquía femenina.
Es preciso que trabajemos y luchemos juntos. Porque si no, no habrá
revolución social.” (Colectivo Mujeres Libres, 1936. En Ackelsberg,
1999, p. 25)
La primera vez que leí este testimonio en el prólogo a la obra de
Ackelsberg mi desconcierto no fue menor que el de la autora. Me resultó
sorprendente que, para aquellas mujeres que pelearon por la liberación
de la mujer “de su esclavitud de ignorancia, esclavitud de mujer y
esclavitud de productora” (Ackelsberg, 1999, p.26) en el contexto de la
lucha anarcosindicalista de los años treinta españoles, feminismo fuera
sinónimo de lucha contra los hombres o deseo de remplazar una jerarquía
masculina por una femenina.
Las mujeres miembros del colectivo Mujeres Libres, al igual que el resto
de mujeres implicadas en las luchas anarcosindicalistas y por la
liberación de la mujer durante los años 30 españoles son consideradas en
la actualidad antecesoras del llamado Feminismo de la Segunda Ola,
constituyendo junto a las mujeres sufragistas de los últimos años del
siglo diecinueve y las feministas de los años cuarenta —destacando a
Simone de Beauvoir— un grupo heterogéneo al que con frecuencia se ha
llamado Feminismo de la Primera Ola. Por lo que al leer por primera vez
éste u otros testimonios similares, resulta sorprendente la concepción
del feminismo como lucha contra los hombres que tienen estas mujeres,
supuestas precursoras del feminismo a día de hoy.
Sin embargo, a medida que fui profundizando en las aportaciones
feministas de la segunda mitad del siglo pasado, extrayendo conclusiones
acerca de lo que para unas y otras autoras significaba el Patriarcado y
cómo se configuraban las relaciones de género, llegué a comprender en
qué diferían los planteamientos de estas mujeres y los de sus supuestas
herederas. Mientras para las primeras el objetivo era alcanzar  la
libertad y la igualdad en la diferencia de los sexos, para las segundas
el objetivo será el desmantelamiento del Patriarcado, concebido como
sistema político, entendiendo por política “el conjunto de relaciones y
compromisos estructurados de acuerdo con el poder, en virtud del cual un
grupo de personas quedan bajo el control de otro grupo” (López Pardina.
En de Beauvoir, 2002, p. 22).
Aquellas teóricas y militantes de las primeras décadas del siglo XX, no
habían leído  El segundo sexo de Simone de Beauvoir —que no llegaría
hasta unos años después—, ni manejaban la idea de género que Rubin
popularizó en su Tráfico de Mujeres en 1975. Entendían la relación de
los sexos dentro del marco del continuo entre los sexos, sin perderse en
debates sobre lo natural  y lo construido. Pero sin dejar de oponerse a
la desigualdad entre hombres y mujeres.
Para las mujeres miembros del colectivo Mujeres Libres, del mismo modo
que para gran parte de las autoras feministas de las primeras épocas
como Goldman, Hildegart, Mead, o Elianor Marx, la liberación de las
mujeres no era posible sin la liberación de los hombres. El problema, a
grandes rasgos, era la Autoridad.
Al definir el marco patriarcal como sistema de dominación, entrada ya la
década de los sesenta, el problema pasará a ser el hombre, definido
primero como opresor y posteriormente como verdugo. A partir de este
momento y bajo una perspectiva marxista, el Patriarcado deja de ser
considerado el marco en el que se desarrollan las relaciones entre los
sexos para concebirse como el sistema de explotación por medio del cual
los hombres someten a las mujeres.
Merece la pena recalar ahora en la primera mitad del siglo XX, antes de
la llamada Revolución Sexual de los años 60 y del apogeo de los
movimientos feministas más combativos. Durante los años 20 comenzó a
gestarse en Europa la llamada Reforma Sexual, previa a esa otra
Revolución de la que tanto se ha hablado, y que se materializó  en la
creación de una organización conocida como la Liga Mundial para la
Reforma Sexual sobre Bases Científicas (LMRS).
Como ya señalaba Elianor Marx en el siglo XIX, no se debe confundir la
Cuestión de las Mujeres con la Cuestión Sexual. Sobre la Cuestión Sexual
se asentaron las bases del planteamiento  sexual moderno –es decir, el
propio de la época moderna  a partir de la Ilustración–. Con la
proclamación de los derechos de los individuos como tales individuos,
hombres y mujeres, se situó en un primer plano el interés por sus
identidades y por lo tanto sus diferenciaciones.
Nos encontramos en un momento de revolución, de abolición del
absolutismo e implantación de los nuevos derechos de los ciudadanos.
Muchos autores señalan la Declaración de los Derechos del Hombre en 1789
como el punto más representativo  y desencadenante del histórico debate
en torno a la Cuestión  Sexual. Esos derechos excluían a las mujeres, y
la respuesta no se hizo esperar. Era inconcebible que se pretendiera
superar el antiguo régimen excluyendo a la mitad de la humanidad. No es
por lo tanto de extrañar que el feminismo moderno sitúe su origen en
este momento.
La Cuestión de las Mujeres era urgente y, dada su urgencia, llegó a
eclipsar  la Cuestión Sexual olvidando el fondo de ésta: la Cuestión
Sexual puso de manifiesto que era impensable plantear los problemas de
uno y otro sexo de manera independiente; el debate se centró en la
identidad de uno y otro sexo, o, si se prefiere, de uno respecto al
otro. Mientras la primera, y el feminismo en general, ha utilizado las
diferencias para denunciarlas como clave de la dominación y luchar
contra ellas, la Cuestión Sexual puso el acento en el otro lado,
convirtiendo las diferencias por razón de sexo en la solución.
A lo largo de los siglos siguientes, y en especial durante el siglo XX,
ha sido la Cuestión de las Mujeres y no la Cuestión Sexual la que más
relevancia ha tenido. Cabe ahora preguntarse ¿por qué?, ¿qué pasó con
las cuestiones  planteadas en aquellos primeros debates en torno a los
sexos?
La LMRS, como organización no duró mucho: de 1921 a 1935. Sin embargo,
puede considerarse, al analizar sus diez puntos programáticos, un
proyecto ambicioso y del que se obtuvieron grandes logros, algunos de
ellos socialmente visibles en nuestros tiempos.
En las actas de su primero Congreso, celebrado en Copenhague en julio de
1928, encontramos que el fin primordial de la LMRS era:
“…hacer lo necesario para que  se tomen en cuenta las consecuencias
prácticas de los resultados de la investigación de la sexología
biológica, psicológica y sociológica para el juicio y la reorganización
de la vida sexual y amorosa de los seres humanos… La cantidad de
personas que han sido víctimas, y que todavía lo son diariamente, de una
falsa moral  sexual, de la  ignorancia sexual y de la intolerancia es
desacostumbradamente grande. Es por ello urgentemente necesario que las
cuestiones sexuales particulares (la cuestión de las mujeres, la
cuestión del matrimonio, la cuestión de la natalidad, eugénica, las
cuestiones de la incapacidad para el matrimonio y los no casados, la
cuestión de la prostitución, la cuestión de las anomalías sexuales, el
derecho penal sexual, la educación sexual, etc.) sean sometidas a una
revisión según puntos de vista naturales y unificados y que sean
reguladas en el sentido de la sexología.” (En Llorca, 1995, p.32)
En las mismas actas del  Congreso de Copenhague se publican las demandas
más importantes planteadas por la Liga:
1.    Igualdad de derechos política, económica y sexual de la mujer.
2.    Liberación del matrimonio (especialmente también del divorcio) de la
tiranía  actual de la Iglesia y el Estado.
3.    Control de la natalidad en el sentido de una procreación responsable.
4.    Manipulación  eugénica de la descendencia .
5.    Protección de las madres no casadas y de sus hijos.
6.    Consideración correcta de las variantes intersexuales, especialmente
de los hombres y mujeres homosexuales.
7.    Prevención de la prostitución y las enfermedades venéreas.
8.    Consideración de los desordenes sexuales del impulso no como hasta
ahora, como crímenes, pecados o vicios, sino como fenómenos más o menos
patológicos.
9.    Un código penal que pene sólo los actos que dañen la libertad de una
segunda persona, pero no los mismos actos sexuales entre adultos
responsables, ejecutados por mutuo consentimiento.
10.    Educación sexual e ilustración sistemáticas.
Pese a su carácter presuntamente apolítico , fueron circunstancias
políticas las que desencadenaron el fin de la LMRS: la situación
política y financiera mundial había ido a peor desde su fundación y el
auge de los fascismos en Europa puso en evidencia la imposibilidad de
continuar con un proyecto internacional de estas características.
Tras la Guerra y la caída de los fascismos parece ser que la única línea
que se recuperó en lo referente a teoría sexológica fue la línea
combativa propuesta por Reich.
Para Reich, liberación sexual y liberación política van a la par. Ambas
se implican, ya que por la primera es posible una actitud de rebeldía
frente al autoritarismo  (Puleo, 1992, p.111).  La liberación sexual se
convierte en el motor de la liberación política. Así, el sexo que se es
quedará  eclipsado,  abandonado, por el sexo que se hace y éste reducido
al coito, imponiéndose un modelo genital, masculino y heterosexuante, en
el que la imposición del orgasmo se ve disfrazada de liberación y
revolución.
Entrados los años 60, y de forma más concreta durante los 70, las
teorías reichianas encontrarán respuesta en las teóricas del feminismo.
Las teóricas feministas van a apoyar el placer femenino y a reclamarlo
como derecho, así la sexualidad se convierte en un terreno de lucha y
deja de ser un campo cerrado que sólo interesa a un pequeño grupo
privilegiado.
Bajo el lema de Millet, “lo personal es político”, se subrayaron las
repercusiones  que tenía el sexismo en las vida doméstica y sexual de
las mujeres, e incluso se forzó a los hombres a enfrentarse a los
mecanismos que les otorgaban directamente  los privilegios de su
aceptada hegemonía social/sexual; la familia cayó bajo una estrecha
vigilancia desde que se la situó en el punto de mira como el lugar
fundamental de la opresión de las mujeres. Resultaba central el trabajo
de redefinir los límites biologicistas que habían sido impuestos  a las
mujeres por los proteccionismos del poder masculino. El lema “lo
personal es político”, de remarcado carácter emancipador, contribuyó,
sin embargo, a reforzar  la imposición del deber ser frente al propio
deseo.
Centradas en el cuestionamiento de las teorías reichianas y la crítica
al Patriarcado como realidad totalizadora, las teóricas de los
feminismos de la segunda mitad del siglo XX olvidaron o perdieron el
interés por las vindicaciones de esas primeras  feministas  y el debate
en torno a la Cuestión Sexual. Las aportaciones de la primera generación
de sexólogos, coetáneos de aquellas primeras feministas, quedaron
silenciadas por teorías de mayor envergadura política: de una parte, la
revolución sexual emprendida por Reich como pretexto para la revolución
social. De la otra, la respuesta feminista.
Tanto Reich como estas teóricas construyen su discurso en torno a la
represión  –ya sea de uno de los sexos frente al otro, ya sea de la
sexualidad y el cuerpo como escenario de ésta– olvidando la cuestión de
fondo, esto es, la relación entre los sexos.
Ocurrió, por lo tanto, aquello sobre lo que Elianor Marx nos advertía a
finales del siglo anterior: la Cuestión de las Mujeres  se confundió e
incluso llegó a absorber a la Cuestión Sexual.
Retrocedamos un poco, volvamos a 1928 y las demandas fundamentales
consensuadas por la LMRS.
Bajo estos diez puntos programáticos, con los que se pretendía una
reforma de la moral sexual dominante, subyacen una serie de conceptos y
planteamientos que quedaron enterrados al desviarse la atención de la
Cuestión Sexual hacia la Cuestión o Lucha de las Mujeres y, por
ampliación, de la teoría de los sexos hacia teorías del poder. La
recuperación de estos conceptos resulta fundamental para entender la
actual relación entre los sexos y buscar salidas.
En primer lugar, la reflexión de la LMRS se asentaba sobre la idea
moderna de identidad sexual. Es a partir de esta idea desde la que se
hace posible pensar a la mujer como individuo diferente del hombre.
Hasta la modernidad la mujer es considerada  un hombre inacabado,
inferior, incompleto, lo que facilita y justifica la dominación
masculina. La identidad sexual permite profundizar en la feminidad y la
masculinidad, esto es, en lo que hombres y mujeres tienen de diferentes
y lo que comparten. Hace posible que La Cuestión Sexual se ponga sobre
la mesa.
La identidad pasa a ser una necesidad fundamental del ser humano,
constituye la percepción última que cada individuo tiene de sí mismo, el
conocimiento subjetivo  a partir del que cada uno toma conciencia de ser
quien es. La adquisición  de esta identidad sexual —hoy llamada de
género— va más allá de los límites de la determinación natural, pero no
por ello podemos considerarla independiente de ésta.
Junto a la identidad sexual, encontramos en los planteamientos de esta
primera generación de sexólogos otros conceptos de especial relevancia
para evitar caer en dicotomías obsoletas: por un lado la diferenciación
sexual, que alude al proceso de sexuación —aunque este término será
posterior— a partir del cual cada uno nos constituimos como esta mujer o
este hombre concretos dentro del continuo de los sexos. Esto es, de los
caracteres propios de cada uno de los sexos, permite explicar esta
diferenciación o, lo que viene a ser lo mismo, la construcción de la
propia identidad sexual –y sexuada– de los individuos.
“… y en ello descansa la mayor dificultad y punto de discordia, toda
vez que junto a características puramente masculinas y femeninas también
hay otras que no son ni masculinas ni femeninas, mejor expresado, son
tanto masculinas como femeninas. Pero que ese monto de características
no condiciona la completa igualdad de los sexos está fuera de duda: los
sexos pueden ser de igual valor o tener los mismos derechos, pero sin
duda no son iguales.” (Hirschfeld. En Llorca, M. 1996, p.64)
Para la explicación de esta diferenciación, Hunter —ya en 1869— habla
de los caracteres sexuales primarios y secundarios tomando su
nomenclatura directamente de Darwin. Los caracteres sexuales primarios
serán aquellos propios de cada sexo en exclusividad, esto es, los
órganos y funciones  asociados a la reproducción. Se denominaron
secundarios aquellos caracteres que siendo dominantes en uno de los
sexos no eran exclusivos de éste. Por ejemplo, el vello corporal se
considerará un carácter sexual secundario masculino, aunque haya mujeres
con mucho vello y hombres imberbes, del mismo modo que podemos
considerar que la empatía es un carácter sexual secundario femenino, lo
que no significa que todas las mujeres sean empáticas ni que los hombres
sean insensibles a las necesidades de los otros sólo por ser hombres. La
diferencia entre primarios y secundarios no reside, por lo tanto, en que
se traten de rasgos biológicos o sociales como afirmaba el anterior
paradigma y se ha seguido manteniendo incluso hasta nuestros tiempos,
sino en criterios de exclusividad o compartibilidad por cada uno de los
sexos.
Ya finalizando el siglo XIX, en concreto en 1894, Ellis esbozó la idea,
en conjunción con las anteriores, de los caracteres sexuales terciarios
para referirse a aquellos rasgos, gestos y conductas que, aunque
atribuidos a uno u otro sexo, eran intercambiables y flexibles según
factores de adaptación. Esta idea se corresponde, hasta cierto punto,
con lo que hoy conocemos como roles sexuales o de género.
Con la adopción del sistema sexo/género por parte del feminismo, estos
conceptos se vieron convertidos en objeto de polémica y rechazados por
ser considerados excesivamente biologicistas y culpables de la
perpetuación del androcentrismo.
Si nos detenemos  a analizar estos conceptos, su origen y aquello que
pretendían definir, veremos que esta acusación es falsa y probablemente
se vio promovida por intereses ajenos a la descripción de la realidad y
más vinculados  a la lucha por el poder de la que hablaba más arriba.
En primer lugar, las críticas fueron producto de la errónea división
entre lo biológico o “natural” y lo sociológico o “cultural”; la
división bio, socio —a la que, con Freud, se añadió lo psico—, cuya
existencia real es más que cuestionable.
Por otra parte, en el empeño en entender estos caracteres como fruto del
androcentrismo imperante, se critican por ser inmutables y adscribir,
por lo tanto, a cada sexo a unos roles que mantienen la dominación
masculina. Sin embargo, desde el planteamiento inicial de estos
caracteres resulta obvio que dentro del continuo de la diferenciación de
los sexos sólo los primarios se consideraban exclusivos de uno de los
sexos —y, ni siquiera, ya que en su formulación se acepta  la
transexualidad y los estados intersexuales como parte del continuo de
los sexos—, siendo los secundarios más comunes  a ambos y los terciarios
fácilmente intercambiables o modificables, esto es, culturalmente
flexibles. De hecho, esta flexibilidad y la necesidad de un cambio en la
estructura moral sexual fueron el objeto de la Cuestión Sexual que ponía
sobre la mesa la imposibilidad de plantear la realidad de un sexo sin
referencia al otro.
Con el sistema sexo/género, el sexo, ligado a lo natural y supuestamente
inmutable o más difícilmente modificable,  vuelve a verse reducido a lo
genital, como venía entendiéndose en el anterior modelo reproductivo. Si
antes se hablaba de reproducción, la teoría reichiana y las aportaciones
feministas comenzarán a hablar de placer, pero en ningún caso
abandonarán el paradigma antiguo, el locus genitalis.
Podemos entender los sexos desde un planteamiento dimórfico,
hombre-mujer, aceptando por lo tanto una esencia masculina y otra
femenina –como se viene haciendo desde las teorías basadas en la doble
realidad sexo/género– o desde el planteamiento de la intersexualidad a
partir del cual pueden comprenderse muchas cuestiones y desarrollarse
nuevas vías explicativas más coherentes con la realidad.
Este concepto, introducido  por Magnus Hirschfeld a finales del siglo
XIX y recogido actualmente por los llamados postfeminismos, hace
referencia a un sexo que se va haciendo en un continuo cuyos polos son
dos representaciones teóricas y “extremas” de tal forma que cada
individuo es un punto, un grado dentro de un continuo. Ésta será, a mi
entender, la idea clave para comprender definitivamente el continuo de
los sexos como el marco necesario para el planteamiento de la Cuestión
Sexual y cada una de las cuestiones  particulares que la conforman.
Estas representaciones extremas: hombre-mujer, no son realidades
absolutas sino que son constructos  sujetos a la moral cultural y al
imaginario social de cada momento. En la medida en que cambie este
imaginario social cambiarán también estas representaciones.
La existencia de individuos transexuales a lo largo de la historia pone
en evidencia las convicciones sobre las diferencias sexuales, subrayando
cómo la conceptualización tradicional de género y la identidad sexual
constriñe las posibilidades de vida y perpetúa la desigualdad.
Es preciso insistir en que esta idea de intersexualidad promovida por
Hirschfeld tiene muy poco que ver con el carácter patológico que se le
ha atribuido posteriormente. De hecho, desde este planteamiento, podemos
afirmar que todos somos intersexuales: nos construimos como este hombre
o esta mujer concreta dentro del continuo sexual, ambos sexos conviven
no sólo a nivel social sino dentro de cada individuo. No hay dos modos
de sexuación exclusivos y excluyentes, el ándrico y el gínico, sino que
se trata de un proceso complejo a múltiples niveles: la sexuación de
cada uno de los elementos sextantes —genético, gonadal, hormonal,
anatómico, social, y un largo etcétera—  que se dan en cada individuo en
una u otra dirección, o en ambas al mismo tiempo. La construcción de la
propia identidad sexual, se trata, por lo tanto y en todos los casos, de
un proceso intersexual.
Este carácter patológico es fruto, de nuevo, del empeño en mantener el
sexo adscrito al ámbito de lo genital y considerar que hombres y mujeres
son, y han de ser, estructuras perfectamente diferenciadas y mutuamente
excluyentes.
Con Foucault (1977) entenderemos cómo esta patologización de lo sexual,
esta implantación perversa por parte del discurso médico, que tiene su
origen en la publicación de la obra Psychopathía sexualis por Kahn en
1844, no es sino una nueva forma de perpetuación de los antiguos juicios
morales en torno al sexo, entendido éste desde el locus genitalis. Desde
este movimiento, avalado por la supuesta objetividad y la autoridad de
la ciencia médica, todas las manifestaciones  sexuales no acordes con su
fin reproductivo serán consideradas aberraciones o perversiones. El
antiguo pecado se reviste de realidad científica y se convierte  en
enfermedad. Lo normal  combate a lo patológico igual que desde antiguo
el bien combatía al mal. Este movimiento alcanza su cumbre más alta con
la publicación en 1886, de otra obra de igual nombre (Psychopathia
sexualis) por Krafft Ebing, y convive con el otro planteamiento, el
realmente moderno de la Sexología, hasta nuestros días. De hecho, más
que convivir ha llegado a eclipsarlo, contribuyendo con el psicoanálisis
–que también vio la luz en la misma época– a la desactivación del nuevo
paradigma planteado desde la Cuestión Sexual y a la perpetuación de los
antiguos cánones normativos encubiertos por nuevas escalas y
nomenclaturas.
Encontramos, por lo tanto, un entramado de discursos que se fueron
complicando a lo largo del siglo XX y que dificultaron la comprensión y
profundización de la Cuestión Sexual, desviando la atención hacia otros
focos desde los que se perpetúa el conflicto más que ofrecen soluciones.
El feminismo puede entenderse como uno de estos focos de conflicto y
tergiversación de términos, junto al psicoanálisis y la patologización
de lo sexual.
No pretendo entrar a juzgar u oponerme al movimiento feminista como
frente de lucha contra la desigualdad social, ni mucho menos plantear la
necesidad de su desaparición como harán muchas de las teóricas
postfeministas. Pero sí quiero destacar la necesidad para el propio
feminismo de abrirse a nuevos  planteamientos, a otros paradigmas, desde
los que abordar la Cuestión de las Mujeres. La sexología sustantiva,
esa que quedó silenciada por el auge de la patología sexual y las
teorías psicoanalíticas y en cuyo olvido han tenido mucho que ver las
teorías feministas, puede darnos muchas claves para la comprensión de la
situación actual y su posible solución encaminada, no a la supremacía  o
el poder de un sexo sobre el otro, sino a la superación definitiva de la
represión en pro de la convivencia y la compartibilidad de los sexos.
La compartibilidad, unida a las ideas anteriores: identidad, continuo de
los sexos, caracteres sexuales e intersexualidad, será la pieza que
complete el puzzle de la Cuestión Sexual. Aludiendo, por una parte, a lo
que cada individuo tiene del otro sexo: aquellos caracteres secundarios
y terciarios de los que hablaba Ellis y que nos permiten situarnos en un
plano diferente al dimorfismo sexual; y, por otra, a lo que hombres y
mujeres tienen en común y a sus diferencias.
Si los criterios  de igualdad nos llevan a pensar en la compatibilidad
entre los sexos, serán precisamente  las diferencias las que nos hagan
comprender que hombres y mujeres no somos ni tenemos que ser compatibles
en todo sino que somos compartibles,  pues es precisamente lo que tienen
de distinto lo que un sexo puede compartir con el otro (Amezúa, 1999).
2.    El ideal igualitario
La igualdad entre los sexos ha sido y sigue siendo el motor de la lucha
feminista, independientemente del momento histórico y las
reivindicaciones concretas de unas y otras corrientes.  Pero, será a
partir de los años 60, con la definición del Patriarcado como sistema de
explotación y la posterior formulación del sistema sexo/género, cuando
la igualdad comience a plantearse como desiderátum absoluto en lo que
concierne a los sexos: en su vida privada, su intimidad, su identidad.
Las diferencias hombre/mujer pasan a considerarse fruto de la
desigualdad y enmarcarse en su totalidad en el conjunto de relaciones
jerárquicas y discriminatorias que se desarrollan en el Patriarcado.
El problema de este ideal igualitario es que es un imposible. La
igualdad sexual es una paradoja: si somos iguales no podemos  ser sexos,
y el hecho de ser sexos evidencia que no somos iguales. De ahí que la
sustitución del sexo por el género y el empeño puesto en silenciar u
obviar cualquier diferencia entre los sexos, insistiendo en su carácter
construido, pueda entenderse como una estrategia política útil para
erradicar la discriminación de las mujeres por el hecho de ser mujeres,
pero tramposa,  ya que niega u oculta realidades del mismo modo que las
negaban u ocultaban las anteriores teorías en las que la biología se
utilizaba para justificar la desigualdad.
Imposible pero atractivo y que se nos presenta, a menudo, como única
alternativa al Patriarcado y el machismo que lo sustenta —o estás
conmigo y comulgas con mis ideas, o eres un/una machista y mereces todo
mi desprecio— en un alarde del maniqueísmo que caracteriza al discurso
que lo mantiene.
Este ideal igualitario, sustentado por la idea de que la diferencia
entre los sexos es una construcción social —de género—, es interiorizado
por los individuos, afectando a la construcción de su propia identidad y
la relación con el otro sexo.
Al resaltar mediante el sistema sexo/género el carácter construido de
las diferencias entre los sexos, un amplio sector del feminismo se
propone como utopía una sociedad sin géneros. Pero, en tanto que el
género es una construcción social a partir de las diferencias biológicas
entre los sexos, ¿es posible tal sociedad? Como plantea De Barbieri
(1992, p.176), una cosa es que en vez de dos sean tres, diez o
veinticinco los géneros socialmente creados; otra, que sea posible y
deseable pensar en sociedades futuras con relaciones entre los géneros
igualitarias, no jerárquicas ni excluyentes. Pero otra muy distinta es
pensar que pueda no haber una elaboración social de sentido a partir de
algo que está inscrito en la corporeidad.
Desde estas perspectivas, se extrae la impresión de que diferencia y
desigualdad fuesen sinónimos, o que las diferencias fueran derivadas de
la desigualdad, y se concluye que todas las mujeres están sometidas por
igual, precisamente por su condición de mujer, mientras que los hombres
se igualarían entre sí por su condición de dominantes, con independencia
de perfiles y variaciones históricas y contextuales (Talego, Sabucco y
Florido, 2012; p.203).
La lucha por la igualdad de derechos y oportunidades parece haberse
convertido en deber de igualdad, la igualdad entendida como sinónimo de
bueno y el rechazo, por lo tanto, de toda diferencia, olvidando que
hombres y mujeres lo somos, y no somos otra cosa ni podemos dejar de
serlo, precisamente porque somos producto de la diferenciación sexual.
Combatir las desigualdades requiere, sin embargo, del convencimiento por
parte de ambos sexos de que acabar con la discriminación hacia las
mujeres por el hecho de serlo beneficia tanto a unas como a otros al
hacernos a todos más autónomos y más libres (Brukner, 1999; Badinter,
2004). Los intereses de hombres y mujeres no deberían entenderse como un
juego de suma 0, por el contrario, cundo un sexo gana el otro lo hace
también. Por lo que el camino hacia la emancipación de las mujeres ha de
considerarse una tarea compartida y, por lo tanto, ha de hacerse junto a
los hombres, no contra ellos, en tanto que no es posible pretender una
convivencia armónica entre ambos sexos negando su condición de sexuados
ni imponiendo los caracteres propios de uno al otro. Esto lo saben bien
todas las mujeres que de una u otra forma, en una u otra época y
contexto, luchan por la emancipación femenina.
La tentación de imponer a uno de los sexos los caracteres propios del
otro a fin de alcanzar el objetivo de igualdad, se ha traducido, a
menudo, como una masculinización unilateral según la que “el mundo se
halla sujeto a la razón masculina, y, en su lucha por la igualdad de
derechos, la mujer renuncia casi siempre a su feminidad para hacer valer
mejor sus cualidades masculinas” (Badinter, 1994, p. 199), —valgan de
ejemplo todas las Thatcher del mundo—. Mientras, en otros aspectos,
parece que la solución a los problemas entre los sexos pasara por la
feminización del hombre, en concreto en todo aquello que concierne a la
vida privada e íntima de los sexos.
Sin duda, la lucha antipatriarcal y el análisis de las relaciones de
género promovido por las feministas han ayudado a muchos hombres a
cuestionar su propia masculinidad, rechazar el machismo en sus
relaciones personales y convertirse, en suma, en mejores personas. Pero,
al considerar lo masculino como sinónimo de machista, cualquier
reconocimiento de su particularidad sexual —reconocimiento de sus
caracteres sexuales masculinos— ha sido tenido por irrelevante; y en el
caso de los caracteres sexuales terciarios, como indeseables. Puesto que
la igualdad pretendida se ha fundamentado en la negación de lo masculino
y la exaltación de lo femenino —negación del opresor, exaltación de la
víctima—.
Así las cosas, ¿qué le queda al hombre blanco heterosexual —el opresor
por antonomasia—  más que fustigarse y condenarse a sí mismo al
destierro? ¿Transformarse, comportarse como la mujer que no es, negarse
a sí mismo?
Redefinir las diferencias como desigualdades obliga, además, a condenar
los aspectos en los que tales diferencias se hacen ineludibles. Al no
ser capaces de explicarlos, la solución más sencilla es rechazarlos. De
esta forma, todo lo concerniente a la vida íntima de los sexos
—amor, paternidad/maternidad, cuidado, pareja, vida doméstica, etc. —,
donde la diferencia entre hombres y mujeres se hace más evidente, es
interpretado como fruto de la desigualdad patriarcal y fuente de
violencia contra las mujeres. Perpetuándose así el malestar entre unos y
otras y sin aportar soluciones.
A modo de ejemplo, quiero mencionar dos cuestiones concretas en las que
la incapacidad de estas teorías para ofrecer soluciones a la eterna
guerra entre los sexos —que no pasen por la castración de todos los
hombres heterosexuales, claro—se pone de especial manifiesto. La primera
es la llamada “crisis de los cuidados”, la segunda, la “criminalización
de la erótica”.
En el primer caso, la incorporación de los hombres en las tareas de
cuidado —entendidas como tareas encaminadas al sostenimiento de la vida—
se ha visto a menudo traducida en una imposición del modo femenino de
cuidar. Como si el cuidado fuera realmente una cosa solo de mujeres o
los hombres no vinieran cuidando también desde antaño. No se les pide
que se impliquen en el cuidado de los hijos, las tareas del hogar, etc.
sino que lo hagan como lo hacen o lo vienen haciendo las mujeres hasta
el momento. Exigiendo una empatía, un estilo de comunicación “digital” y
otras cualidades que, como hombres, no poseen —o no todos en igual
medida, si partimos de la idea de intersexualidad—
Y aunque espero que no sea necesario aclararlo, ante posibles
suspicacias, quiero señalar que “no imponer un modo de cuidado femenino”
no significa dejar de exigir a los hombres que se impliquen en el
cuidado y en las tareas que se asocian a éste.
En la experiencia erótica encontramos uno de los ejemplos en los que la
diferencia sexual se nos presenta de manera más impetuosa.
Bourdieu (2005) sintetiza la visión de parte del movimiento feminista
explicando que la relación sexual aparece como una relación social de
dominación porque se constituye a través del principio de división
fundamental entre lo masculino, activo, y lo femenino, pasivo. El mayor
impulso sexual se considera un estereotipo masculino frente a la mayor
pasividad erótica femenina.  Añadiendo que ese principio es el que rige
el deseo. Así, el deseo masculino es definido como deseo de posesión, de
dominación erótica, y el femenino como deseo de la dominación masculina
o subordinación erotizada.
El deseo erótico masculino, que se presenta de una forma más directa y
genitalizada, es definido como negativo: deseo de dominación. No ya
masculino sino machista. Por su parte, el deseo de las mujeres y su gran
variedad de experiencias sensuales, como la masturbación o el placer al
amamantar a sus hijos o de realizar una felación a su pareja, no se
tienen en cuenta, quedan desplazados por la “opresión masculina”,
arrebatando a las mujeres su identidad como sujetos deseantes y
transformándolas en mero objeto de deseo.
Hay, por lo tanto, una erótica buena —la femenina— y una erótica mala
—la masculina— y  las mujeres que disfrutan de “la mala” siguen
relegadas al papel de “malas mujeres” que les atribuía el antiguo orden
sexual.
El sexo y la erótica quedan definitivamente ligados a la opresión y la
violencia, y estas dos cualidades humanas son consideradas
exclusivamente masculinas.
De esta forma, el deseo erótico y el sexo vuelven a verse arrojados al
terreno del pecado, lo sucio, el vicio, el delito… partiendo de la
afirmación de que no hay más erótica que la masculina y que detrás de
ésta siempre se esconde el ansia de dominio.
Y el pecado sólo genera culpa: ellos pueden sentirse culpables de su
propia masculinidad o se ven culpabilizados por ella y por ese deseo
genital que no pueden evitar pero que es percibido como “sucio”. Ellas
también se verán culpabilizadas por su feminidad: mal vistas por los
hombres y las propias mujeres si manifiestan su deseo erótico en exceso,
si juegan un papel activo como sujetos deseantes; pero también si no lo
hacen, si se muestran pasivas o disfrutan de su rol de deseadas.
Desde luego, yo tampoco tengo la solución a estas cuestiones y adelanto
que no creo que exista una solución infalible al gusto de todos. Pero
estoy segura de que si cambiáramos de perspectiva o de discurso, con el
apoyo de los conceptos que nos ofrecieron los sexólogos y las teóricas
feministas de la primera mitad del siglo XX: compartibilidad,
intersexualidad, caracteres sexuales, continuo entre los sexos,
identidad sexual… y también con un poco de ganas y más sentido del humor
que el que se acostumbra al hablar de estos temas, al menos podríamos
relajar un poco la tensión entre unos y otras y sentarnos a pensar
juntos la estrategia a seguir en la lucha contra el Patriarcado.
3.    La clave del bilingüismo
La opresión de las mujeres continúa siendo una constante en nuestras
sociedades y se materializa de diversas formas. Lamentablemente continúa
entorpeciendo el camino hacia la libertad individual y la consecución de
una sociedad más justa. Continúa, por lo tanto, siendo un eje importante
de lucha. Por eso es fundamental encontrar la estrategia adecuada, la
fórmula que nos permita acabar con ella de forma definitiva.
Desde este feminismo “antisexo” la solución parece ser siempre la misma
y resulta tan simple que no debería extrañarnos que cada vez más gente
lo asuma como propio. No hay que pensar demasiado, basta con repetir el
mantra de la represión:
•    El sexo —el hecho de ser sexuados— ha servido para justificar
jerarquías y la discriminación de las mujeres: pues negamos nuestra
condición sexuada y nos marcamos la androginia como objetivo.
•    La pareja heterosexual ha sido y sigue siendo uno de los principales
espacios donde se perpetúa la violencia contra las mujeres: pues negamos
la pareja heterosexual y ahora todos defendemos el poliamor como única
forma de vivir nuestras relaciones en plenitud y libres de la tiranía de
la pareja.
•    Los malos usos del deseo erótico, especialmente el masculino, pueden
traer consecuencias como las agresiones, violaciones, abusos, etc.: pues
negamos ese deseo, lo criminalizamos.
Olvidando que ni el sexo, ni la pareja, ni la erótica son necesariamente
los responsables de esas desagradables consecuencias.
Quejándonos, culpabilizando a otros —los hombres y su identidad
machista— de todos nuestros problemas, olvidando nuestro papel activo y
nuestra propia responsabilidad en la construcción de nuestras
relaciones, no creo que lleguemos a erradicar el problema, más bien
estamos desviándonos de lo importante, enturbiando el camino.
A día de hoy, se valora mucho el conocimiento de otras lenguas y todos
—o casi todos— conocemos lo difícil que puede ser aprender un nuevo
idioma, así como los problemas que puede suponer el vernos obligados a
expresarnos en una lengua que no es nuestra lengua vernácula. Por eso
funciona muy bien una metáfora utilizada a menudo en Sexología que es la
llamada clave del bilingüismo.
Dicha clave, parte de la asunción de que la diferenciación sexual se
traduce en dos modos de expresión de los diferentes caracteres sexuales:
el masculino y el femenino y que, el entendimiento entre los sexos pasa
por entender y manejar, en la medida de nuestras posibilidades, las
claves propias del otro sexo.
Apropiándome de esta metáfora, considero que durante mucho tiempo y aún
hoy en muchas facetas de la vida, los hombres trataron de imponer a las
mujeres una lengua que no es su lengua vernácula, y que, dándole la
vuelta a la tortilla, la respuesta desde ciertos sectores del feminismo
ha sido intentar imponer a los hombres la lengua de las mujeres.
Mientras no seamos capaces de sentarnos a hablar con toda sinceridad, de
esforzarnos por entender la lengua del otro/a, de disfrutar
aprendiéndola y aceptar que a veces cuesta pronunciar ciertos vocablos o
que algunos sonidos nos chirrían, de reírnos con las meteduras de pata
propias y del otro… Mientras no seamos capaces de hablar, chapurrear o,
al menos, entender la lengua propia del otro sexo, sin que ello
signifique que deban dominarla ni mucho menos abandonar nuestra propia
lengua, no tenemos mucho que hacer más que echarnos mierda a la cara
unas a otros, y este no parece el mejor camino para resolver de una vez
el conflicto entre los sexos.

 

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